Nueve de cada diez casos se identifican cuando la enfermedad ya se ha diseminado.

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Lo mejor que puede decirse del cáncer de páncreas es que su frecuencia no es elevada. Sin embargo, es el tumor que más mortalidad causa al año de su detección. Únicamente el 10% de los casos se diagnostica cuando la enfermedad aún está en fases iniciales debido a que al principio los síntomas de alerta son muy inespecíficos.

A esto hay que añadir que el arsenal terapéutico es muy limitado y apenas ha incorporado novedades en los últimos años. “El cáncer de páncreas es la cuarta causa de muerte en el hombre y la quinta en las mujeres. De hecho, en lugar de determinar la supervivencia a los cinco años como se hace con otros tumores, en este caso lo hacemos a los dos o tres años”, comenta el doctor Carles Pericay, oncólogo del Hospital Parc Taulí de Sabadell. El cáncer de páncreas es uno de los contenidos protagonistas del X Congreso Mundial sobre Cáncer Gastrointestinal, que estos días se celebra en Barcelona.

En nuestro país, se detectan unos 4.300 casos al año, de ellos 1.750 son mujeres (dato de 2002). Anualmente se diagnostican entre 9 y 12 casos nuevos por cada 100.000 habitantes. Este tumor, considerado el de mayor mortalidad a un año, provoca cada año la muerte de 80.000 europeos. En Estados Unidos, por ejemplo, a pesar de ser un tumor hasta ocho veces menos frecuente que el de mama produce, sin embargo, prácticamente el mismo número de muertes. “Son cifras que ponen de relieve que estamos ante uno de los procesos oncológicos más necesitados con urgencia de nuevos agentes que se muestren activos frente a la enfermedad”, asegura el doctor Pericay.

Sin causa conocida

Se desconocen las causas de este cáncer aunque sí se puede destacar el tabaquismo como el factor ambiental de mayor peso. Se calcula que en uno de cada diez casos aproximadamente existe un componente hereditario. “Todos los síntomas iniciales son inespecíficos, de manera que no suelen dar la cara hasta que la enfermedad se ha diseminado”, explica este experto.

Además, la situación de esta glándula impide que los tumores más pequeños sean detectados en revisiones rutinarias. Las detecciones más tempranas suelen darse en pacientes cuyo tumor se localiza en la cabeza del páncreas, muy cerca de la vía biliar. En estos casos, el enfermo desarrolla una ictericia obstructiva que se traduce en un aspecto amarillento en la piel que hace las veces de señal de alarma. Si el tumor se encuentra más distante de esta zona, la obstrucción es más tardía, reduciendo las posibilidades de una detección a tiempo. No obstante, se pueden describir otros signos como el dolor, la pérdida de peso y apetito, el cansancio o la intolerancia a la lactosa.

Finalidad curativa

La cirugía es el único tratamiento indicado para curar. Sin embargo, no más de un 15% de los pacientes son candidatos a esta intervención en el momento del diagnóstico. En el resto, el tumor se ha diseminado y afecta a estructuras vasculares cercanas que dificultan la extirpación. En la actualidad, se investiga el papel de la quimioterapia y la radioterapia para intentar reducir el tamaño del tumor de manera que pueda operarse con éxito.

Además en estos pacientes, las recaídas son frecuentes. “En los tumores avanzados la cirugía difícilmente puede garantizar que tras la intervención no queden células tumorales que motiven pronto una recaída”, explica el doctor Pericay. De hecho, de ese 15% de candidatos a la cirugía, el 80% vuelve a manifestar la enfermedad al cabo de un año o año y medio y, además, lo hace de forma más agresiva que la primera vez. A largo plazo, no más de un 4% de los enfermos se cura de forma definitiva.

La mediana de supervivencia de los pacientes operados es de 13-20 meses con tan solo un 20% de supervivientes a los 5 años. Tras la cirugía, el 50-85% de los pacientes presentan recidivas locales y a distancia. Luego, cuando entran en juego la quimioterapia y la radioterapia, los resultados siguen siendo muy discretos por ser éste un tumor que pronto se hace resistente al efecto de ambas estrategias. Los expertos aseguran que la alteración de determinados genes (K-RAS, A-RAS, P-16, P-53) podría explicar esta pérdida de sensibilidad del tumor a los fármacos.

A diferencia de lo que ha sucedido en otros procesos oncológicos, el arsenal disponible frente al cáncer pancreático no ha experimentado un incremento importante de nuevos tratamientos. “Hasta hace un año, con la autorización de erlotinib, no habíamos podido contar con un nuevo tratamiento que supusiera una mejora de la supervivencia respecto a lo que consigue la quimioterapia con gemcitabina en monoterapia”, señala el doctor Pericay.

Así los pacientes con la enfermedad avanzada pueden añadir un tratamiento biológico, el erlotinib, un fármaco oral inhibidor de la tirosinquinasa que mejora la supervivencia entre un 18 y un 25%, según datos de un estudio con 569 pacientes publicado el año pasado en Journal of Clinical Oncology. En estos momentos, se investiga si añadir a esta combinación una terapia antiangiogénica puede ampliar esos datos. Los primeros resultados se han presentado precisamente este mes en la Reunión Anual de la Asociación Americana de Oncología Clínica (ASCO) celebrada en Chicago y son prometedores en términos de supervivencia libre de progresión de la enfermedad.